Este no es un artículo técnico. Es una historia real que refleja cómo entendemos el entrenamiento en Wunder. Una expresión de gratitud sobre mi experiencia mientras formé parte de Wunder Training y un homenaje a Roland.
Hay lugares que son gimnasios. Y hay lugares que, sin darte cuenta, se convierten en hogar. Hay lugares que son gimnasios. Y otros en los que el entrenamiento se convierte en algo más.
Espacios donde no solo se trabaja el cuerpo, sino también la forma en la que una persona se relaciona con él. Donde el proceso importa tanto como el resultado.
Para mí, Wunder Training fue eso.
Un espacio cuidado, silencioso, ordenado… pero sobre todo humano. Un lugar donde las personas no solo entrenan su cuerpo, sino que encuentran algo más difícil de describir: presencia, atención y una forma de sentirse vistas.
Hace ya medio año que no formo parte del equipo, pero hay nombres, conversaciones y aprendizajes que siguen muy vivos en mí. Y hoy quiero escribir desde ahí. Desde la gratitud. Desde el recuerdo. Desde lo que permanece.
Y especialmente, compartir un mensaje de despedida y agradecimiento a Roland.
Roland
Roland era cliente desde hacía muchos años: al inicio me pareció aparentemente reservado, algo distante, observador.
Pero en poco tiempo apareció algo que no siempre es evidente al principio: la profundidad.
Compartíamos un sentido del humor muy particular, ese que nace en los pequeños detalles. También una curiosidad poco común por entender el mundo —desde la metacognición hasta conversaciones inesperadas sobre el comportamiento animal—, de esas que te hacen pensar que quizá sois dos “raros” disfrutando de algo que pocos ven.
Entrenaba con importantes limitaciones en su aparato locomotor. Y, aun así —o precisamente por eso—, lo daba todo. Cada repetición tenía intención. Cada ejercicio, significado.
Recuerdo especialmente uno. Un squat asistido en la barra de la espaldera, todo un desafío para él. Decidimos convertirlo en algo más que un movimiento. Lo llamamos: “Besa a…”
La consigna era simple y poderosa: elevarse lo suficiente como para rozar con la nariz la barra más alta posible. Pero no era solo eso. Cada repetición estaba dedicada.
A su mujer, María —a quien adoraba—.
A sus hijos e hijas.
A Marisol, siempre con una sonrisa que te da una cálida bienvenida al centro y con quien es imposible salir peor de lo que has entrado si intercambias dos palabras.
A Patri, su antigua entrenadora habitual en Wunder.
A quienes formaban parte de su vida.
Cada repetición era un gesto. Un acto de intención. Un pequeño homenaje. Y así, el entrenamiento se convirtió en una celebración constante.
Celebrábamos todo. Cada avance, cada esfuerzo, cada intento. También los míos en cuanto a pronunciar mejor mi inglés. Sí, él me ayudó a mejorarlo.
Lo que no se ve fácilmente
Hay algo que solo entiendes cuando entrenas y trabajas de verdad con personas.
No estás ahí únicamente para mejorar su condición física.
Estás ahí, en un espacio mucho más profundo.
A veces eres estructura. A veces eres energía. A veces eres compañía.
Y otras, sin buscarlo, te conviertes en una pequeña fuente de apoyo emocional, transmitiendo calma, esperanza y ánimo.
Roland no era solo un cliente.
Era una persona que confiaba. Que venía puntual —a veces demasiado puntual—.
Que entrenaba intenso. Que se implicaba.
Me gustaba recibirle en la entrada, ayudarle con la chaqueta, despedirle con un abrazo, recordarle cuándo nos volveríamos a ver.
A veces nos recomendábamos películas o libros, y yo se lo apuntaba en un papel para que lo guardara en el bolsillo para acordarse.
Pequeños gestos. Nada extraordinario. Pero llenos de presencia.
Wunder
Wunder Training tiene algo difícil de replicar.
No solo es un lugar. No es solo entrenar. No es solo la profesionalidad.
Es el tipo de personas que lo habitan.
Personas con buen corazón. Con ganas reales de ayudar.
Es un lugar cálido. Acogedor. Donde uno puede sentir, sin exagerar, que forma parte de una familia.
Y eso lo cambia todo.
Porque cuando el entorno es así, el entrenamiento deja de ser una obligación.
Se convierte en un espacio al que quieres volver.
La noticia
Hace un tiempo, Marisol me escribió para decirme que Roland había fallecido.
Me dolió. Escribí a su mujer.
Pensé en el cuerpo. En el tiempo.
En cómo vivimos muchas veces desconectados de lo que sentimos.
Y pensé en Roland.
En cómo él era capaz de celebrar cada sensación. Incluso la incomodidad del esfuerzo.
Incluso la tensión del ejercicio.
Ahí hay una lección.
Porque quizás son precisamente esos momentos —los incómodos, los exigentes— los que nos enseñan a apreciar los matices más bellos de la vida..
Lo que permanece
Roland, así como las personas que forman parte de Wunder, dejaron aprendizajes y reflexiones valiosas en mí.
Una forma distinta de mirar. De entrenar. De acompañar.
Entrenar a una persona no es solo aplicar un método.
Es estar presente. Es observar con atención. Es creer, de verdad, que esa persona va a progresar.
Incluso cuando ella misma no lo ve ni lo cree.
El cuerpo habla. El movimiento revela. La actitud ante el esfuerzo dice más de lo que pensamos.
Y cuando trabajas desde ahí, el entrenamiento se convierte en algo mucho más grande, interesante y enriquecedor.
No solo estás guiando ejercicios. Estás entrando en la vida de las personas.
Tu presencia importa. Tu mirada importa. Tu forma de creer en ellas importa.
Para quien empieza en Wunder
Si estás empezando y lo ves difícil, quédate.
Confía en el proceso. Confía en las personas que te acompañan.
Porque lo que hoy te parece imposible, mañana puede convertirse en motivo de celebración.
Gracias
Espero, de corazón, que todas las personas con las que coincidí en Wunder hayan disfrutado del proceso tanto como yo.
En mi corazón siempre habrá un espacio para ese lugar.
Y para Roland.
Porque al final… el cuerpo y el entrenamiento son medios y lenguajes; lo que realmente estamos tocando es la historia, el miedo y el potencial de quien tenemos delante.
Judit López. Entrenadora y recuperadora en Wunder Training de 2023 a 2025.

